Premio Literario de AGALIR Ediciones Solidarias

Festival anual Sanke Sanpo. Bilbao.            




              Ciudad amable y reformada de antiguos atractivos y seductoras actualidades, para dar un suspiro nuevo entre viejos sabores de antaño, me sugieren lo impensable en Bilbao: poesía, romanticismo y amor.               


Como perfecto bilbaíno que soy al no necesitar ancestro, nacimiento ni residencia alguna en Bilbao para serlo, siempre me resulta grato volver a mi ciudad. Disfrutar de sus callejuelas estrechas, de sus tascas y bares, de sus maravillosas y escandalosas gentes… siempre un placer pasear a orillas de su ría mamando la alegría y tranquilidad de familias gozándose, jóvenes adolescentes entregados a cariñosos arrumacos o quizá buscando a quien otorgarlos, mayores bien vestidos paseando y subiendo el mentón en alto, como pasea el orgulloso vasco anciano… música, sonrisas y turistas descubriendo a cada paso, un nuevo hallazgo.

En fin, que me invitasen a volver a Bilbao resultó una agradable sorpresa, pero que fuese para además otorgarme un premio… ¡Y de manos de excelentes y entregadas personas!... eso eliminaba cualquier excusa que me retuviese en mis quehaceres cotidianos, de modo que buscando favores y molestando a gente, conseguí el tiempo imprescindible para viajar hasta allí.


Qué ganas tenía de conocer a las personas organizadoras del evento en cuestión. Sanke Sanpo es su nombre, es anual y en este caso se entregaron los galardones del Premio Literario de AGALIR Ediciones Solidarias en colaboración con la Asociación SENTIMIENTOS de CRISTAL. Entrañables actuaciones y entrega de dichos galardones entre los que se encontraba el mío. Así que recorrí los trescientos kilómetros que me separan de tan maravillosa ciudad y allí me planté.


Lo primero, buscar el lugar de celebración, una antigua iglesia del s. XVII reconvertida en centro cultural con sala de conciertos, cine y salas de talleres. Esto confería al lugar el verdadero sentido social para el que, a mi parecer, siempre debió construirse. Y no fue complicado. Su nombre afortunado, «Bilborock».







Lo segundo, celebrar mi solitaria vuelta a Bilbao con solitarias cervezas, en repletas tascas del casco antiguo, mientras espero la hora que, afortunadamente, no queda lejana.

Llegado el momento, las expectativas que había puesto se confirmaron con creces. Y es que la gente vasca sabe hacer las cosas bien, eso siempre lo he sabido. Cuando llegué al Bilborock un montón de gente se agolpaba en las puertas del antaño religioso edificio, siendo recibidos por el tradicional sonido del txistu y a ritmo de tamboril, manejados por dos entregados músicos vestidos para la ocasión con evidente entrega y profesionalidad.



«La cosa pinta bien» pensé agradablemente sorprendido. Al momento me dispuse a llamar a mi interlocutora hasta entonces para recibir instrucciones.

―¿Sí, dígame? ―escuché al otro lado del teléfono ―¿Eres Toño Diez? ¿Estás afuera?

―Sí, soy yo ¿Agurtzane?...

―Sí, sí. Ahora salgo ―cortó de inmediato dejándome con la interrogante de donde exactamente esperar. Luego determiné hacerlo en el pórtico… y acerté.

No tardó en aparecer una sonriente y acelerada Agurtzane Estrada para agarrarme del brazo e introducirme a toda prisa en el recinto. Allí fui presentado a Iñaki Urdangarín y al que, debido a las diligencias y urgencias que precisaba la organización, fue delegada mi atención, un amabilísimo y educado Iñaki Zabala (no, no todos los vascos se llaman Iñaki) quien me ayudó a romper hielos y limar etiquetas ofreciéndome desde el principio una charla amena, divertida e interesante.

Tanto Agurtzane Estrada como Iñaki Urdangarín no tardaron en desaparecer de mi vista (he de confesar que me sentí como Alicia en el país de las Maravillas, donde el Conejo Blanco y el Sombrerero me abandonaban en el momento de conocerles) por lo que de la mano de Iñaki (el otro Iñaki) pasé un tiempo en descubrir tan maravilloso lugar. Qué fácil se habla con Iñaki, y que agradable su conversación.

Tras de mí, un original y antiguo Seat 131 amarillo descapotado, ofrecía el servicio de barra de bar cuando lo precisase; a mi derecha, unos afanados técnicos de imagen y sonido daban los últimos toques a la preparación de ambiente; un montón de sillas se ordenaban frente a mí y me separaban de un gran escenario perfectamente iluminado y lleno de todos los instrumentos musicales precisos para un concierto, y a mi izquierda otra de las sorpresas que hacen la diferencia entre un evento y un evento con clase: ¡un cortador profesional de jamón! Afanado en rellenar con destreza platos y platos para ser degustados en su momento por quien tuviera a bien hacerlo.




Por lo demás, el ambiente ganado a lo que un día fue una iglesia y ahora es un verdadero templo, me dejó gratamente sorprendido. La formidable altura iluminada por focos distribuidos sabiamente y la maravillosa construcción que confería el respeto que se busca, hacían del lugar un perfecto sitio para dejarse envolver. Sin duda todo un acierto de sitio.




Y dio comienzo el abarrotado pero holgado Sanke Sanpo. Caras sonrientes asistieron a un espectáculo realmente logrado, intercalando maravillosas actuaciones musicales y danzas variadas, con la entrega de premios literarios. Perfectamente organizado por los también maestros de ceremonias, Agurtzane e Iñaki, quienes lamentablemente tuvieron que hacerlo desde abajo del escenario por la dejadez de un ayuntamiento que no había previsto que hay quienes no pueden acceder por escaleras al tablado. Con una simple rampa (posiblemente más económica que las escaleras) habría bastado, pero… quizá no todas las habilidades vascas llegan a todo el mundo. Aunque estoy seguro de que se solventará tan lamentable descuido.





Salvando este «pequeño» detalle, todo transcurrió perfectamente. La humildad que impregnaba todo siento todo tan impresionantemente organizado, era simplemente increíble. Fueron pasando las actuaciones hasta que llegó mi turno, en el que leí encantado mi relato premiado y se me entregaron los maravillosos galardones, entre los que figura un delicado libro escrito por la mismísima Agurtzane Estrada, Sentimientos de Cristal, relleno una poesía exquisita y llena de sensibilidad, como ella misma y su compañero de faenas Iñaki, y que destilan en cada palabra, acción o mirada. Queda en el próximo encuentro que me lo dedique y firme mientras brindamos por su maravilloso proyecto solidario y desinteresado, en alguna tasca bilbaína.








Lamentablemente no pude acabar todo el festival, pues me esperaban los trescientos kilómetros de vuelta y un ingrato madrugón de seis de la mañana. No probé el jamón y me perdí buena parte de las actuaciones y conciertos, pero me consta que fueron impecablemente organizados y puestos en escena. En fin, otra vez será.


Yo me llevo a casa un galardón, un premio literario, un libro precioso, un cariño y unas mil sonrisas robadas, así como un buen puñado de amistades de maravillosas gentes. Dejo a cambio mi ausencia, que prometo rellenar siempre que pueda.


    Gracias Agurtzne, gracias Iñaki, gracias Asociación Sentimientos de Cristal y gracias Editorial Agalir por tan buen y emotivo momento.